domingo, 25 de noviembre de 2007

La Madre en "El Primer Hombre" de Camus


“-Oh madre, oh tiena, niño querido, más grande que mi tiempo,
más grande que la Historia, que te sometía a ella,
más verdadera que todo aquello que amé en este mundo,
oh madre, perdona a tu hijo por haber huido de la noche de tu verdad.

Y lo que más deseaba en el mundo,
que su madre leyese todo lo que había
sido su vida y su carne, eso era imposible.
Su amor, su único amor sería mudo para
siempre.


-Finalmente no sabe quién es su padre. ¿Pero quién es él mismo?
(“El Primer Hombre”. Notas y hojas sueltas)

-El extraño sentimiento que el hijo tiene por su madre constituye TODA su sensibilidad
(“Carnets”)



La Madre: confesión y perdón.
Camus escribió esto entre las notas y hojas sueltas que compondrían EPH:
“Quiero escribir aquí la historia de una pareja unida por la misma sangre y todas las diferencias. Ella semejante a lo mejor que hay en la tierra, y él tranquilamente monstruoso. Él, lanzado a todas las locuras de nuestra historia; ella, atravesando la misma historia como si fuera la de todos los tiempos. Ella, casi siempre silenciosa y con unas pocas palabras a su disposición para expresarse; él, hablando sin cesar e incapaz de encontrar a través de miles de palabras lo que ella podía decir con uno solo de sus silencios… La madre y el hijo”.

El Primer Hombre está dedicado a La Madre. “A ti, que nunca leerás esto”.Después del padre, comienza la obra dominada por la imagen de la madre. Por la imagen de la dócil y humilde Catherine Cormery.
Para Camus, al final del camino, la madre es la bendición, el sacramento, el perdón. “Mamá” es la palabra redentora, la que salva.
El libro de Camus es, así, a la vez una celebración de la figura de la Madre, y una petición de perdón. En este sentido, podría comparársele con En busca del tiempo perdido, de Proust.[12]
La novela es un exorcismo para poder disipar los remordimientos y el sentimiento de culpa por no haber dado a la madre lo que era debido[13]. Un exorcismo de signo trágico por lo inútil: como dice la dedicación del libro, lo dedica a alguien que nunca podrá leerlo.

Ahora bien, es imposible abordar el personaje de la madre en EPH sin hace referencia a su obra anterior, especialmente en El Revés y el Derecho (he leído que el germen de El Primer Hombre ha sido en parte una intención de re-escribir este libro primerizo). En la obra narrativa de Camus, la relación del hijo con su madre se mueve entre la presencia y la ausencia: desde el silencio de una madre muerta en “El extranjero”, a la presencia de la madre vital en “La Peste”, pero será en EPH donde Camus alumbra con la claridad de una luz nueva todos los aspectos de lo maternal y lo filial.
Tengo entendido que de EPH en el plan del autor solo llegaron a escribirse sus 2 primeras partes: Búsqueda del padre e Infancia, y que el final de la gigantesca obra sería el apartado dedicado íntegramente a la madre. Al revelar esto en los famosos “Carnets”, Camus nos indica que tras lo que empieza con una búsqueda del padre, es a ella, a la madre, a la que Jacques Cormery deberá encontrar al final.
De entrada no estoy de acuerdo (me parece excesivamente simplista) con la interpretación freudiana, edípica, de la relación de Camus con su madre en su obra, desde “El Extranjero”.
El asunto no es tan sencillo. En la obra camusiana se percibe la singularidad de su madre, una especie de ausencia-presencia que se caracterizará por su silencio (medio sorda, analfabeta y con dificultades de habla), pero será este silencio precisamente lo que al final tome forma de una llamada, de un credo, y en lo que atañe al niño Camus, de una fuente de creatividad.
Desde los ensayos de “El revés y el derecho”, todo gravita en torno de la madre y del problema central de los sentimientos de este niño por esa madre muda. Gassit se pregunta: ¿El universo camusiano será esencialmente maternal? Y se responde que sí.
Sigue el mismo autor:
“El universo camusiano ideal, el “Reino”, es el mundo “ante partum”. La madre y el niño no forman más que un universo, el de la Comunión… así, todo a lo largo de la obra de Camus, la búsqueda de la madre ilustra el tema místico del paraíso perdido, de un paraíso que es necesario esforzarse en reencontrar”[14].
Y es en el Primer Hombre, tras la búsqueda real/evocada del padre, donde esta búsqueda del paraíso perdido tomará forma de búsqueda espiritual, de experiencia mística, sagrada.
Ya en las primeras páginas de EPH, se nos aparece la madre camusiana en su apariencia más real y más presente. Camus nos presenta a Lucie Cormery en la “esencia generosa de la maternidad”. Una madre que sonríe antes de que la escuchemos hablar, cuyas primeras palabras son “Sí, sí”. Esa es Lucie Cormery, la madre del narrador, quien después en un desliz propio de quien traspasa la vida con la ficción la llamara con el nombre de su madre real: Catherine. La descubrimos en su juventud, su dulzor y su vulnerabilidad…y en su belleza.
Según Chabot,
“Este primer capítulo no viene ni de la memoria ni de la historia, pues está escrito en forma de Mito, en forma de mito de Natividad. En el dibujo de este hecho del que el autor no puede (es obvio) acordarse, Camus imagina su unión primaria con la madre antes de recrear su propio nacimiento a través de la puesta en escena del paroxismo del amor maternal: la llegada al mundo de su hijo”.[15]
Grouix habla en esta escena de un lirismo oratorio y religioso, inédito en Camus: el lirismo filial. “Hay efectivamente una mística filial en Camus. La luz de la madre, es La luz, y está más cerca de la “noche oscura” ( sic, en la obra en francés) que del orden de la razón.[16]
Es en efecto a través de este lirismo que el lector podrá aprehender el carácter intenso y desgarrador de su relación, y de su dimensión desesperada.

Paradójicamente, este lirismo está en total contraste con el silencio de la madre, un silencio que llena todos los momentos en que ella aparece. Pues la madre de Camus, es, involuntariamente, siempre una madre silenciosa. “Se sienta en una silla y se calla”, se lee en un pasaje del encuentro entre Cormery adulto y su madre.
Dice Gay- Crosier:
“Por lo que toca a Henry Cormery, el verdadero padre, escapará definitivamente a Jacques que sin embargo lo busca, no solamente en la visita al cementerio sino a través de toda la obra (…) En el mismo orden de ideas, los rencuentros con su madre serán igualmente franqueados por un muro de silencio infranqueable (…) quedarán los “rendez-vous” usualmente repetidos pero siempre incompletos: inacabados en el plano de la comunicación oral e imposibles en el plano de la comunicación escrita”[17].
Este sentimiento de falta que sufre el niño Cormery marcará para siempre la sensibilidad del hombre Camus: de ahí la importancia de su narración en esta obra. Porque, de nuevo algo que parece contradictorio, es precisamente el lirismo de ese silencio de la madre lo que hace esos pasajes del libro los más sentimentales, sea el protagonista Cormery niño, o adulto.
Jean Daniel la comenta de esta forma:
“( El niño) sin duda sería confundido con el heroísmo y la dulzura de esta madonna silenciosa, por la elocuencia de su mutismo, por la sabiduría “decapante” de sus observaciones frustradas, pero el obstáculo a la felicidad es cotidiana. Los límites son presentes, definitivos”.[18]
Por eso es que es tan expresivo de ese sentimiento de desesperanza desgarradora que está en la dedicatoria del libro.

De hecho, esta novela inacabada dirigida a la madre es también la historia de esa madre a la que el hijo nos invita, que invita con estas palabras iniciales al lector a llevar una mirada de ternura y de compasión sobre ella: al contraste entre la candidez y la ternura de la madre y del hijo, y también al retrato de la madre dentro de su mundo de silencio impenetrable.
Pero, a pesar de la simpatía y de la inmensa compasión que ella y la prosa de Camus inspiran, la cuestión se pone, esencialmente del lado del futuro del niño…… se pregunta en su artículo: ¿Que madre era ella para el niño Jacques? ¿Una madre buena o mala?
¿Que podía, esta mujer viuda, parcialmente sorda y muda, iletrada y extenuada por los trabajos diarios en casas ajenas, dar a su hijo? ¿Que había recibido de la vida esta mujer que le quedase para dar a sus hijos?
Pues la madre no pudo ser enteramente buena en los ojos del niño, entre otras cosas por su sumisión que le hace ser pasiva ante los golpes de la abuela a los pequeños.[19]
Porque esa madre está “ausente”, y ¿esa “ausencia” de la madre hacía posible una relación de amor entre ellos?
Dice Geraldine Montgomery que entre todas las expresiones del sentimiento filial camusiano, hay una que golpea más que las otras, tal vez porque las resume con singular fuerza: “J’aimais ma mère avec désespoir. Je l’ai toujours aimée avec désespoir” escribe Camus en sus Carnets.
Este amor desperado vuelve en El Primer Hombre:
“Es de lo imposible de lo que se desespera, del objeto inaccesible de deseo, del deseo mismo que se consume en una ausencia sin fin, tanto de la Madre como de Dios, manifestadas las dos por el mismo silencio. Luego, la ausencia es omnipresente en toda la obra”[20].
Ese fue la infancia de Camus, donde el padre, la patria (Francia), Dios, todos están ausentes. Entonces, ¿de que presencia se nutre el niño? De la presencia maternal. Seguro. De la Madre, y de la madre-tierra (Argelia).
Pero si la tierra natal da sus beneficios al niño, la presencia de la madre “es parsimoniosa, a menudo inaccesible, se disuelve en un silencio indefinido, en una ausencia parcial, psíquica y afectiva”.[21]

Pero, a pesar de todo, esa madre también está presente.
Como ya hemos dicho, si EPH es un libro dedicado a la madre, es también la historia de su madre, entrelazada con la suya, la que Camus nos cuenta. La historia de esta madre tan dulce pero así mismo tan desprendida (“Nunca lo acaricio pues no sabía cómo”). De esa madre, fuente donde las aguas del amor quedan “ocultas bajo las ruinas de la infelicidad”. Sí, ocultas, pero no agotadas, como el hijo un día se dará cuenta, y como nos cuenta Blanchot:
“La indiferencia de esta madre extranjera, no significa la indiferencia del corazón, sino la “extranjereidad” de la existencia reducida a su única verdad, sin nada que la travista o que la denuncie, presente e igual, en su soledad, a la inmensa soledad del mundo”[22]
Es en el corazón de EPH donde se produce el descubrimiento de que la Ausencia es en verdad Presencia. Se produce en el pasaje en que asistimos a los conciertos improvisados del mediodía del domingo por Jacques y su hermano. Jacques lo descubre en la mirada de su madre después de que una de las tías le hiciese un cumplido en referencia al niño. Jacques descubre un secreto que el niño no se atrevía a creer antes de eso, pero que no dejaba de buscar como al Sol: que su madre le amaba.
Es este el momento de “una revelación primordial, el de las aguas del amor de la madre, al mismo tiempo que su propia capacidad de amar, en los ojos”[23]. Los ojos, que decimos, son los espejos del alma.
Camus mismo dirá que el silencio mismo guarda un sentido si los ojos hablan. Y volverá a esa imagen varias veces a lo largo del libro de EPH. Por ejemplo en los Apéndices de EPH en la nota que dice “ Fin. Ella le tendió las manos de articulaciones nudosas y le acarició la cara. “Tu eres el más grande”. Había tanto de amor y adoración en sus ojos oscuros”.
Es esta mirada silenciosa, silenciosa y amorosa, lo que hace a la madre de Camus una madre buena.
Ella da al niño Camus la lección más valiosa, “el misterio de la pobreza”. La madre que le da la vida también da su propia vida como ejemplo. Es involuntariamente la iniciadora de una verdad fundamental. Al final de su vida, Camus estará obsesionado por esta verdad. “Destruir todo en mi vida que no sea esta pobreza” dice en Carnets.

Al final, como apunta Montgomery en su excelente artículo, nos damos cuenta que donde esta Verdad se comprende, el lenguaje del habla es superfluo. El “rapport” enviado a la madre es místico. Este amor tan elevado es un amor sin frases. La madre esta menos del lado de las frases que del lado de las lágrimas (Groix)
Y efectivamente, El Primer Hombre es un libro que cala, que sacude, que acerca a las lágrimas.
En Carnets, Camus dice: “cuando mi madre tenía los ojos vueltos hacia mi, no pude jamás mirarla sin tener lágrimas en los ojos”. Así era la intensidad del amor y de la compasión que ella suscitaba. Y seguramente, esto se producía sin ningún intercambio de palabras: la emoción sólo se traducía en silencio, en las miradas, en las lágrimas, tal vez una sonrisa, tal vez un gesto.
Porque la madre camusiana es esta madre excepcional que, a pesar de todo, logra comunicar en su “admirable silencio”, un amor a su hijo de una profundidad tal, que le inspira la famosa frase de Carnets:
“el silencio admirable de una madre y el esfuerzo de un hombre para reencontrar una justicia o un amor que equilibre este silencio”.
De EPH esta es su raíz: encontrar ese amor que atraviese el silencio para que tome forma en una palabra. Recrear con palabras el silencio/amor de su madre a través de un lenguaje que lo equilibre.
Para Camus, “su madre que solo conoce a Cristo en la cruz”, “su madre, es Cristo”.
O más bien, en unas palabras bellísimas de Jean Daniel, la madre de Camus es una Virgen, una “madonna silenciosa”.
Sin que ella haya pronunciado las palabras, pues no las conocía siquiera seguramente, parece querer decir como la madre de Cristo: “Que se haga tu voluntad”. En una cita imprescindible de Groix:
El Primer Hombre “Es una Piedad al revés”. La madre es un camino a si mismo. Yo es el otro. En efecto, es el hijo, quien, al final del camino, carga espiritualmente a la madre “qui s’assume en l’assumant et qui, à force de amour, en fair son prope enfant”[24]
Lo que en principio parece ausencia, el silencio, se convierte en presencia, y esa presencia silenciosa de la madre será la fuente de esta obra de Camus, donde el amor del hijo hace de ella, de la dócil y humilde Catherine Sintés, una Madre sagrada e inmortal.

[12] Por el contrario, Camus lanza una pulla contra el texto de Proust, cuando en referencia a su madre dice que (cito de memoria) “su madre no sea acuerda. La recuperación del tiempo perdido está reservada a los ricos”
[13] Se sabe que cuando joven, Camus era un individualista, un esteta, un dandy. Y cuando se refiere a él mismo como al “monstruo”, o como aquel que tiene “un corazón malvado”, tal vez sea precisamente por lo que hizo al juzgar a la madre con la balanza de la “vanidad” o la “superficialidad”. Hay una nota en los Apéndices de EPH que apoya esta idea.

[14] Citado por Montgomery, G. “La mère sacrée dans Le Premier Homme” en Gay- Crosier (Dir.) “Albert Camus 20: Le premiere homme en perspective”.
[15] Citado por Montgomery, G. en Op. cit.
[16] Ibidem.
[17] Ibidem.
[18] Ibidem.
[19] Por otro lado, ni la abuela es totalmente mala, pues ¿no es ella la que escucha al señor Bernard y al final acepta la presentación de Jacques al examen para el liceo, mostrando una sensibilidad desconocida’. Tal escena, cuando la abuela coge al pequeño Jacques, con “ternura desesperada” y dice una y otra vez “mi pequeño, mi pequeño”, es impresionante.

[20] Ibidem.
[21] Ibidem.
[22] Ibidem
[23] Montgomery, Geraldine, en Op. cit.
[24] Montgomery, Geraldine, en op. cit.
[25] Quilliot, Roger. “Albert Camus’ Algeria”, en Brée, Germaine (ed.) “Albert Camus: a collection of critical esays”. Prentice Hall. New Jersey. 1962
[26] El pasaje que siempre se menciona es aquél del Extranjero en que Meursault dice en referencia a unos árabes: “se quedaron ahí mirándonos… a su manera”.
[27] Por otro lado, está nunca es la intención de la novela
[28] A excepción de La caída, obra por lo demás, que me parece bastante sui generis entre los trabajos de Camus.

1 comentario:

Esther dijo...

Gracias, no sabes de cuánta ayuda me ha sido este artículo.