sábado, 17 de noviembre de 2007

(Des)variaciones sobre España y Catalunya


¿Qué es España? ¿Un Estado, una nación, una nación de naciones? ¿Qué es Cataluña? ¿Una región, una nación, una nacionalidad?
Aunque la respuesta institucional es clara, parece que existe una cantidad importante de la población a la que no deja completamente satisfecha. Por otro lado, la respuesta deviene casi imposible de articular una vez que la pregunta se deja de enfocar jurídica o institucionalmente y se pasa al plano del “deber ser” (o más bien, del “debió ser”) desde posiciones historiográficas o políticas teleológicas.
El problema es uno de identidad y de integración. Y su dificultad radica en que al entrar en la esfera de los sentimientos de identidad entramos en un espacio muy impreciso.
Actualmente, la discusión sobre conceptos como “nación” o “nacionalismo” no oculta el conflicto: en España hay dificultades generadas por problemas de convivencia entre personas con sentimientos de identidad distintos. Y es que precisamente con el nacionalismo es cuando se da la situación de que los rasgos de identidad común se convierten en exclusivos, y en excluyentes.
Grosso modo, parece que el “problema catalán” está en que por un lado, el movimiento nacionalista catalán no ha logrado cristalizarse en un Estado o en un intervencionismo relevante en la política central de España, y por el otro, en que el proceso nacionalizador desde el Estado español no ha cuajado del todo y no ha logrado un proyecto político capaz de seducir e interesar a Cataluña de cara a una profunda y verdadera integración.
En las siguientes líneas hay un intento sumarísimo de resumir algunas reflexiones de la historiografía contemporánea en torno a las ideas de España y Cataluña como comunidades que, mal que bien, han intentado integrarse y convivir. Eso sí, desde la perspectiva de quien no está ni completamente dentro ni completamente fuera.

Habría que comenzar dejando claro que los términos “Región” y “Nación” como categorías de identidad en una comunidad son multívocos, especialmente cuando hablamos de historiografía y de política. El mismo término de nación está lleno de ambigüedades. En un artículo de reciente aparición, el profesor Fradera lo explica de forma bastante clara[1].
Aunque rechacemos de plano para un estudio de estas identidades el esencialismo, la particularidad de los entes territoriales que integran España (regiones, naciones, nacionalidades) es un hecho innegable.
Al estudiar el nacionalismo es difícil no caer en argumentos esencialistas y separarlos de los científicos (¿nacionalmente neutros?). Un escolar juicioso debería intentar buscar las causas y la razón de lo que es Cataluña y del surgimiento de los distintos nacionalismos y regionalismos tanto en factores propios de cada país, como en la incapacidad del estado-nación español para integrar a sectores sociales de la periferia geográfica y política. Es decir, en los condicionantes no sólo locales, sino estatales.
Para tener una idea más clara y libre de algunas mitificaciones sobre el nacionalismo, parece conveniente transcribir algunas de las ideas plateadas por J. M. Recalde como prolegómenos[2].
-Los nacionalismos son un fenómeno eminentemente moderno, contemporáneo.
-Hay una diferencia de naturaleza en el modo de definirse de los nacionalismos: por la apelación a la ciudadanía o por la adhesión sentimental a una identidad. Nación ciudadana o espíritu del pueblo. Realidad: la ideología de la nación ciudadana ha convivido, casi en todos los casos con la ideología de la nación esencial. En el caso español en un proceso de limitados logros debido a su escasa fuerza modernizadora, y luego, al fracaso en la construcción de una sociedad de ciudadanos; y en segundo lugar, por la apelación “compensatoria” a elementos míticos de nacionalidad.
-Considerados en sí mismos, no hay diferencia en cuanto a génesis e ideología de referencia entre los nacionalismos centrales o periféricos. Sólo que el Estado juega un papel diferente.
-La pertenencia a una comunidad es compatible con la pertenencia a otra u otras. Solo desde el punto de vista nacionalista puede aparecer la intolerancia frente a esta compatibilidad tanto a otros ámbitos territoriales, o a ámbitos de otro tipo.
-No es lo mismo la afirmación de una identidad cultural territorial que la pretensión política que se derive de ella.

En un artículo de la Revista española “Historia social”, el profesor Borja de Riquer argumenta que la nación española fue una nación que no acabó de cuajar. “Seamos rigurosos”, dice, “historiar España implica dedicarse sobre todo al estudio de las representaciones mentales de algunos políticos e intelectuales y no al análisis de una realidad histórica”[3].
Ante tal afirmación cabe preguntarse, ¿no ocurrió lo mismo con Cataluña?
De entrada, parece sensato pensar que el nacionalismo debe entenderse como un proceso en que los niveles de identificación y conciencia nacional no son permanentes sino que se alteran y modifican con las circunstancias históricas.
La paradoja está en que la historiografía se ha dedicado a estudiar sobre todo ( y se conocen mejor), los nacionalismos, los movimientos nacidos en la periferia catalana y vasca; y se ignora o se conoce de manera imperfecta la trayectoria del proceso nacionalista español, que es el único que adquirió realmente concreciones tangibles: un Estado.
El problema para muchos intelectuales ha sido el fracaso o el rechazo (contestado en Cataluña y en País Vasco, pro ejemplo) del proyecto nacionalista español, cosa que ya apuntaba Ortega en su obra “España Invertebrada”. Fracaso o imperfecciones del proceso en el que tuvieron responsabilidad las clases políticas del periodo de la Rrestauración, pero que tampoco es suficiente para negar la existencia de una “nación española”.
Como el mismo Riquer argumenta en otro lugar: para estudiar lo que es el nacionalismo español y el catalán, debe partirse del marco territorial español, de la construcción del nuevo Estado, en el de las nuevas relaciones políticas de poder, donde se intentó divulgar la identidad política nueva. Debe tomarse en cuenta el problema de la relación que se establece entre el nuevo mundo de la política liberal y las identidades tradicionales pre-existentes. De Riquer resalta el hecho de que hay una etapa de coincidencia, de coexistencia, entre lo heredado y lo adquirido. Por ello habrá situaciones con ambivalencias identitarias, de indefinición, hasta que se produce la concreción de la identidad. Esto dificulta la legitimidad de las posiciones monolíticas, tajantes, pues la politización de los viejos particularismos y la nacionalización del patriotismo liberal español son proyectos no sólo coetáneos, sino que se influyen, se condicionan y provocan reciprocidades.
Riquer considera que el nacimiento del nacionalismo español tuvo lugar en las primeras décadas del siglo XIX tras la pérdida del imperio americano, para justificar, arropar y consolidar el frágil estado liberal naciente. Ahora bien, este nacionalismo fracasará pues no supo crear un espíritu nacional ampliamente compartido y cohesionador. En lugar de elaborar un proyecto político co-participativo e integrador, los liberales del grupo moderado anulan las realidades regionales y locales (históricas) al tiempo que muchas regiones permanecen absolutamente impermeables al cambio político[4].
Esta posición es matizada por el mismo autor, pues el Estado liberal nacional Español no nace con una idea o proyecto único de Estado/nación. Las élites catalanas muestran interés en la formación o conducción del proyecto nacional español en estos primeros años, y no será sino a partir del gobierno del sector moderado cuando el proyecto toma un cariz más exclusivista o partidista, cosa que se acentuará con Cánovas y la Restauración, cuando se hable ya de España como una realidad meta-histórica, esencial, única, etc., dejando absolutamente de lado la participación de las élites regionales o locales, como no sea en un papel totalmente secundario, en palabras gráficas de De Riquer, de “comparsa”.
Sin embargo, antes de tal deriva unitarista, debe recordarse esta idea de las elites catalanas de búsqueda de un papel en la politica gubernamental.
Los catalanes participaron sin vacilación alguna en la definición del primer proyecto nacional español. En la tesitura de una ruptura política crucial que se realiza en un contexto de enorme violencia política, los grupos dirigentes catalanes compartieron siempre sin reservas el proyecto general español aunque lo interpretasen desde su propia circunstancia[5]
Esta etapa de doble patriotismo de los liberales catalanes, que rechazaba la secesión pero no renunciaba a la catalanidad, de construir una nación española como patria común de las identidades antiguas debe ser tenida en cuenta para la Historia del proyecto de una España plural, las Españas.
Y es que antes de esta oligarquización del liberalismo gobernante excluyendoo políticamente a los que preconizaban otro modelo de Estado, existía efectivamente una alternativa de modelo en el republicanismo federal.
Por otro lado, se podría argumentar que durante todo el s. XIX, el ámbito de actuación del Estado liberal fue la nación española y que durante buena parte de dicha centuria, apenas hubo resistencias territoriales ni planteamientos independentistas. Como dice Ortega, hay que recordar que durante buena parte del siglo XIX, Estado y nación son un binomio inseparable, por encima de imperfecciones, o parcialidades[6].
Así y todo, lo cierto es que en la deriva del proyecto de Estado español moderno y el proyecto nacional en el que tiene su justificación y sustrato no fueron tomadas en cuenta las peculiaridades regionales, como tampoco lo fueron las de los sectores de la población que no eran hegemónicos económicamente.
La cuestión clave que habría que preguntarse sobre la causa la falta de capacidad integradora de este nuevo Estado español es esta: ¿fracasa porque es incapaz de integrar los distintos pueblos hispánicos, o porque la realidad hispana intrínsicamente no permite dicha integración?
Y andando un poco en el siglo XIX, las preguntas:
¿La debilidad del Estado español durante todo el siglo XIX fue debida a la fuerte resistencia de los nacionalismos periféricos? Ó ¿fue la debilidad del Estado, acompañada con esencialismos y particularismos, el factor determinante en la eclosión de los nacionalismos periféricos en torno al cambio del siglo?
Sobre este punto Fusi Aizpurúa admite que la España del siglo XIX fue una “de centralismo legal, pero de localismo real[7]”. Aunque hay elementos que se antojan nacionalizadores (sistema educativo, expansión medios de comunicación, creación de un mercado nacional, urbanización del país), estaríamos ante una realidad político-geográfica esencialmente disgregada, invertebrada.
¿Cómo debe enfocarse entonces la cuestión? El Estado español (constituido de facto) intenta sin éxito completo, constituir una nación, la española; mientras que en el resto de las nacionalidades hispánicas, fueron esas naciones las que pretendieron, sin conseguirlo, construir un Estado.
Esta contradicción es la que emergería en el panorama político español cuando se acerca el cambio de siglo. Los nacionalistas y regionalistas catalanes plantean (mas bien, la burguesía catalana cuando confía sus intereses los políticos catalanistas que hasta ese momento eran un grupo de jóvenes contestatarios) la “cuestión catalana”.
El catalanismo, muchas veces supeditando el nacionalismo al regionalismo como estrategia, comienza a cimentar una conciencia nacional catalana, preparada por el importante movimiento cultural de la Reinaxenca.
Sin embargo, hasta la crisis del 98, el catalanismo era un fenómeno muy minoritario. Cambó dirá en sus memorias precisamente que fue en el cambio de siglo cuando se transformó el catalanismo de movimiento sentimental a un movimiento popular. Y político.
Es en el momento en que el catalanismo entra de lleno en política cuando aflora el pleito nacionalista, tanto el periférico, como el español. Hay proyectos de historiografía con el objetivo de crear conciencia nacional (y nacionalista), discursos, panfletos, etc.
Pero, ¿en verdad fue este discurso el verdadero artífice de la radicalización de las conciencias nacionales catalanas y no lo fue precisamente el compromiso adquirido con la burguesía lo que hace que este nacionalismo trasciende sus otrora estrechos márgenes? Burguesía que fue, antes que nacionalista, celosa protectora de sus intereses.
Por el otro lado, el discurso nacionalista español tampoco creó una excesiva conciencia nacionalista en la población española: también cabría preguntarse hasta qué punto fue un recurso de las clases económicas hegemónicas castellanas contra la posible amenaza de sus análogos catalanes. Esta interpretación de carácter económico de la irrupción del nacionalismo también se encuentra en la idea de que el nacionalismo catalán surge por el desfase entre los intereses y reivindicaciones de una clase burguesa, que son imposibles de satisfacer en el marco de un Estado (España) que tiene un carácter marcadamente agrario.
Lo que es un hecho, es que ambos proyectos nacionalistas (aunque su teorización tuviese un componente bucólico, populista, castizo), tuvieron un marcado contenido de clase.
La tesis del profesor Pérez Garzón es que efectivamente, más que fundamentar el análisis en factores de integración vertical, las verdaderas claves (del proyecto nacionalizador español del liberalismo de la facción moderada, por ejemplo) estuvieron en la defensa de un régimen de la propiedad.[8]
Ahora bien, los nacionalistas catalanes no tuvieron más remedio que aceptar el reto de desmontar las tesis españolistas del nacionalismo de la Restauración ( España única, católica, no democrática, etc.) desde los mismos presupuestos esencialistas, para legitimar las aspiraciones del catalanismo político. Todo nacionalismo falsea su propia historia, realiza una “invención de la tradición”.
De este modo, se empezó a configurar y divulgar en Cataluña un discurso político que defendía la existencia de una identidad nacional propia, en un contexto de clara competencia con la identidad oficial española, ya codificada como única, castellanizada y vinculada al Estado centralista. Como decíamos antes, si durante el s. XIX el federalismo republicano fue la alternativa coherente al modelo centralista, desde principios del s. XX, la alternativa al nacionalismo español fue de calibre totalmente distinto, rivales en el seno del mismo Estado, que desafiaban el monopolio nacional.[9]
Ya entrados en las primeras décadas del siglo XX, nos encontramos con que ni España era una entidad enteramente consolidada, ni los nacionalistas periféricos pusieron verdaderamente en peligro el carácter nacional del Estado español. A pesar de los importantes logros, conseguidos en este sentido, la mayoría del pueblo catalán, carecía de suficiente consciencia nacional, y porque sus dirigentes optaron antes que por el nacionalismo político, por el privilegio económico y por el mantenimiento del orden social.[10]
Lo relevante de la irrupción de los movimientos catalanistas es que, cuando eclosionan a finales del siglo XIX, tal como afirma Vicens, lo hacen de la mano de lo que sería una aproximación radicalmente diferente de los intelectuales y/o políticos catalanes hacia la crisis finisecular y al final de la Restauración con respecto a los castellanos. Si aquellos lo hacen con una mirada de pesimismo o retraimiento, con la generación de 1901, según Vicens Vives, Cataluña en cambio se convierte en dueña confiada de su propio destino y emprende un rumbo propio. El mismo escritor dice que esa galvanización de burguesía y pueblo en un ideal colectivo de resurgimiento no fue posible más que en Cataluña.[11]
El tema es que dicho espíritu rupturista tuvo una muy diferente repercusión en la vida política a un lado y otro del Ebro. En el resto de España este espíritu finisecular no se tradujo en términos políticos importantes, mientras que en Cataluña, sí.
Los intelectuales españoles fueron críticos, pero no constructivos, no crearon una doctrina capaz de proporcionar un ideal común a la sociedad en la que actuaban, que veían como totalmente inmovilista. Y así, en el terreno de la política Española, las novedades fueron las mínimas.
En Cataluña, siempre según Vicens Vives, el panorama fue muy distinto. El historiador señala el vigor y la fuerza constructiva de la Cataluña finisecular en el que la novedad, es que el espíritu trasciende (aunque tampoco podemos decir que fuese democratizante) a los meros intelectuales. Si bien es cierto que se vive un proceso de “invención de Cataluña” por parte de unos pocos escritores, también lo es que la respuesta que da a la sociedad a los llamamientos de intelectuales y políticos es mucho más dinámica que en el resto de España.
Tusell cree que gracias al posibilismo, la sensación de continuidad y pragmatismo, con que fue abordada esta transformación en el modelo catalán tras 1901, y al hecho de que más que en Castilla, en Cataluña, la generación finisecular ejerció una hegemonía que se impone a la siguiente de forma clara y patente, se produce un salto irreversible, tanto en lo intelectual como en lo político.[12]
Además, Cataluña parecía ser también puntera con respecto al resto de España, tanto en las transformaciones demográficas (especialmente la inmigración), en el mismo desarrollo económico, o en el mundo cultural-editorial.
Este desfase entre la realidad catalana (enfrentada a problemas desencadenados por el desarrollo industrial, con nuevas necesidades) y la del resto del Estado español, es la que pudo también ayudar a galvanizar los sentimientos de solidaridad vertical entre la sociedad catalana en un punto, primero, el rechazo al centralismo (hablamos del siglo XIX), y después, la formación de un verdadero proyecto político catalanista/nacionalista.[13]
Así, parece razonable el sentimiento de algunos catalanes hacia su tierra como verdadera vanguardia con respecto a España. De aquí vendría la vocación de gran parte del catalanismo (diría, de todo, antes de la II República), de actuar como vanguardia modernizadora con respecto al resto de la Península y de afán de intervencionismo patente en los escritos de un Prat o de un Cambó: la idea de “catalanizar España”.
Ahora bien, pasada la Dictadura de Franco y todo el siglo XX, chocamos con una serie de realidades: ni España se ha configurado en un verdadero Estado compuesto (aunque en la Constitución aparezcan como integrantes de la Nación española las nacionalidades y regiones), ni Cataluña se ha convertido en Estado. Además, la verdadera catalanización de España y la integración de Cataluña en los centros más altos de poder estatal (léase, que haya un gobierno con catalanistas) parece lejana.
¿Qué ha pasado? Como intuyen algunos autores podríamos pensar que precisamente es que esa radical diferencia en cuanto desarrollo de Cataluña con respecto al resto de España ha amainado un poco, no sólo por el proceso de “des-urbanización” del franquismo, sino por un progresivo desarrollo de Madrid y de otros núcleos urbanos de la península.[14]
A pesar de eso, a casi cien años vista, somos testigos de que la relación de España con Cataluña aún tiene una peculiaridad especial. Es cierto que dicha relación habrá cambiado desde las formulaciones catalanistas del siglo XIX hasta el siglo XXI, pero pensar la relación con miras a una verdadera convivencia y a una integración sigue siendo un problema que si bien pudo empezar por una formulación imaginaria, es real, pues sus consecuencias son palpables.
Esto ocurre cuando España es con toda seguridad una de los Estados más plurales de Europa Occidental. Lo muestra el hecho que un gran porcentaje de la población se comunica con una lengua que no es la oficial común a toda la Península. Lo muestra también que aunque para una gran parte de los ciudadanos España es un Estado y una Nación, para una minoría muy importante es sólo un Estado, pero no una Nación.
Tal pluralidad de hecho, obliga a una mutua comprensión que sea al mismo tiempo acercamiento, pero incorporación del Otro. Siendo esta pluralidad un hecho consumado, España debería darse cuenta del valor enriquecedor de la diferencia, y de tomar consciencia de las obligaciones que se tienen una a la otra en tanto que integrantes en un proyecto común.
La realidad es que dentro de la misma Cataluña funciona una sociedad que de entrada parecería imposible: ya en 1975 contaba entre su población a más de un tercio que había nacido en otras latitudes.
A este respecto, la elaboración de la Constitución habría dado carta de naturaleza y reconocimiento al más alto nivel del hecho diferencial de Cataluña, con el artículo 2 que estipula que la nación española se conforma de las diferentes nacionalidades y regiones ibéricas y la configuración del Estado de las Autonomías.
Entonces, ¿que factores pueden ayudar a explicar, ahora, el que se haya producido un ahondamiento de la distancia no sólo entre la política catalana y la del resto de España, sino entre las respectivas sociedades?
Tal vez, una mala predisposición hacia problemas que en lo local no parecen tan graves, y en las instancias centrales parecen gravísimos (ejemplo del “conflicto lingüístico” en Cataluña). Aunque la política de Cataluña ha sido la de ampliar su autonomía, o bien mantenerse en la que tiene, el mentado derecho de autodeterminación, que no es otra cosa que una afirmación de la identidad, se ve en Madrid como una amenaza.
La política pudo haber hecho las relaciones más tirantes, pero parece claro que hay una “tendencia espontánea que contribuye a la confrontación de las identidades”[15].
Si es así, la pluralidad de hecho, tan consistente y de tan larga duración como la española exige como consecuencia obligada una labor cotidiana del Estado central y de las de las regiones y nacionalidades, en pro del conocimiento y la convivencia (esfuerzo cotidiano, no puntual y por decreto) pues, de lo contrario, puede haber un conflicto social.
Para esto, urge volver a las posiciones del catalanismo finisecular, es decir, de “concordia”, de tener en cuenta desde Cataluña a España como realidad necesaria para resolver los problemas. Y viceversa: organizar una convivencia.
Para esto, lo importante es hacerlo desde posiciones contemporáneas, no anacrónicas.
Obedece a parámetros del pasado pensar que cada nación tiene que ser un Estado o que cada Estado deber ser exclusivamente mono-nacional. Con ácidas líneas, Enric Ucelay- Da Cal lo dice en su ensayo, la primera objeción contra los nacionalistas o soberanistas es que Cataluña no se constituyó en Estado durante el siglo en que ese fue el signo de los tiempos. Lo demás es realizar contra-fácticos, hacer historiografía-ficción.
Lo malo de las reivindicaciones de este tipo, amén del proceso centrífugo y disgregador que evidencian, no es que sean utópicas, sino que son anacrónicas. Entran en la “aporía soberanista”, en palabras de José Ramón Recalde. En el siglo XXI no puede convertirse con métodos del siglo XIX a cada Estado en mono-nacional, máxime que en el pasado esto haya sido llevado a cabo mediante procesos de “genocidio cultural homogeneizador”. La construcción de la nación por un Estado no parece una salida política viable o sensata.[16]
Hoy, la conciencia de identidad debe desarrollarse por otros procedimientos y con otros objetivos. “Una determinada colectividad debe tener la capacidad para situar su particular reivindicación, situándola al mismo tiempo en el camino de las aspiraciones y esperanzas de futuro del conjunto de la Humanidad”[17].
Lo lógico parece buscar un poder político suficiente, capacidad de autonomía, pero no reclamar empecinadamente la construcción de un Estado- Nación propio y una soberanía. Una petición que tiene mucho de mito y de nominalismo, y que a veces utiliza métodos que vulneran el pacto fundamental democrático que se materializa en la Constitución.
La soberanía absoluta, es un término que ahora ya no es más que un dogma. Y no me refiero a las supuestas experiencias de integración supranacionales como la UE y a la supuesta desaparición (cansancio) del Leviatán. Me refiero a que en el sistema internacional actual se exige un necesario reposicionamiento de los Estados con respecto a las redes de toma de decisión y de poder internacionales. La soberanía de las entidades políticas se ha convertido en algo relacional, es la capacidad de tomar decisiones que afectan su futuro y del de sus ciudadanos, y que pasa por participar en las estructuras de poder internacionales, sea esto acuerdos bilaterales, empresas transnacionales u OIG’s, antes que por quedarse en la atalaya de sus fronteras. Es una cuestión de mera praxis, y curiosamente, una forma de “empoderamiento” de los mismos Estados[18].
Los nacionalismos, y con ellos, el sector catalanista independentista, deben a su vez tomar una actitud de abandono de la aspiración estadista y buscar formas nuevas de integración más provechosas en la vía hacia un orden político nuevo, acorde con el nuevo concepto de soberanía.
Es verdad que la experiencia institucional Estatal española sobre la integración de las nacionalidades y regiones en los centros de decisión centrales, como por ejemplo la Oficina de Comercio Exterior (y pocas más) ha resultado decepcionante, viciada, y al final, mera retórica sin integración o poder de decisión efectivo para las Autonomías. Sin embargo, según el profesor Ballbé, es válido pensar en este otro sentido sobre la Unión Europea: en el de la posibilidad de co-participación, es decir, de la acumulación de poder político de Catalunya y de las “regiones y nacionalidades”, en el seno de las instituciones comunitarios. Esto en España está aún a un largo trecho del paradigmático caso alemán[19].
De cualquier manera, se debe tener en cuenta que si España ha de constituirse un verdadero Estado compuesto o una nación de naciones debe garantizar su identidad, pero no debe hacerlo exclusivamente en el plano institucional o en el racional, sino también en el afectivo.
Más que un “patriotismo constitucional”, habría que pensar el referente histórico para la posibilidad de la existencia de los “dobles patriotismos”, estudiado por Fradera, y en la idea de Recalde en que dos niveles de identidades no necesariamente se conviertan en una inevitable jerarquía o en excluyentes.[20] Salvando las distancias al siglo XIX:
“la destilación de una identidad catalana distinta se articuló de modo muy obvio en el marco de una estructura que de doble patriotismo español y catalán, de patriotismos compartidos. Mientras el primero expresaba la profunda inserción de los grupos dirigentes catalanes, y de todo el espectro liberal, en el marco del espacio político español; el segundo expresaba las tensiones internas del propio entorno. No entraban en competencia, ya que expresaban y daban forma a necesidades e impulsos distintos y diferenciados. (…) ser sujetos activos de la política española implicó per se algún tipo de identificación con el patriotismo general, pero no el olvido de la propia historia”[21].
Sería preciso un patriotismo de la pluralidad, como elemento de la solidaridad, producto de una nueva visión de España, que debe cimentar más estrechamente las relaciones entre sus componentes.
Un “fellow feeling” que identifique tanto a catalanes como a castellano con una tarea común, que es una idea que ya apuntaba Ortega en “España Invertebrada”. Tal sentimiento supera con mucho el vínculo del puro interés racional (es decir, pensado materialmente).
En este sentido, no es suficiente considerar la realidad española como plural (un hecho que ya esta ahí) sino reconocer el carácter fecundo y enriquecedor de esa pluralidad. Esta es la idea que Javier Tusell propone: una idea de patriotismo de la España plural, y no simplemente un “patriotismo constitucional”[22].
Ahora bien, el aprecio por lo plural no se produce por generación espontánea, pues para ello hay que partir de un nivel de conocimiento y sensibilidad cultural.
Por eso se exige una verdadera pedagogía de la pluralidad, en una política cultural y educativa adecuadas, pero no desde arriba, por decreto, abruptamente (como la normalización lingüística hecha por la Generalitat), como se impondría un Estado nacional sobre el territorio, sino paso a paso, con sensibilidad y actitud moral de respeto a lo diferente. Una tarea importante a realizar para el futuro, con base en una nueva educación cívica.
Como dice Herrero, “el patriotismo español debe ser una especie de supranacionalismo en el que la lealtad constitucional no se para en normas y en valores, sino que moviliza los afectos”[23]
El patriotismo constitucional, la constitución, tiene que ser realmente integradora, una referencia a la idea base del profesor Ballbé, de las nacionalidades españolas, pero no lo será en tanto que no existe una auténtica consciencia y pedagogía de la pluralidad. La misma Constitución es letra muerta si no descansa en un fundamental sentimiento de identidad colectiva.
En términos políticos, solo con la construcción de se patriotismo de la pluralidad será posible convertir en realidad el proyecto de muchos de los nacionalistas catalanes: la Iberia Grande, una plenitud política. Este esfuerzo, aunque suena muy manido, debe venir tanto del gobierno central como de los autonómicos.
Se trata de llegar a ese patriotismo de la pluralidad, pues entonces “no se trataría de subsumir unas naciones sin Estado, calificables de históricas, culturales o lingüísticas, en el Estado de otra nación, sino en hacer naciones diferentes copropietarias del Estado común. No habría así naciones con Estado o sin Estado, sino un Estado común a varias naciones o, lo que es lo mismo, naciones que coparticipan de un mismo Estado”[24].
Para construir la España plural hay que constatar que ha sido y es “una nación de naciones” y que es preciso partir de la altura del tiempo en que se vive (y no de anacronías) de un cierto patriotismo de la pluralidad. Además de que debe haber un diálogo que construya el consenso. Se trata de proyectar los éxitos colectivos de las nacionalidades y regiones españolas en conjunto (p. e. la Constitución). No tiene sentido enfrentarse acerca de la legitimidad de sentimientos de identidad ni convertirlos en excluyentes.
De esa actitud hay que partir para prolongar aquellos éxitos y construir una España plural. Buscar nuevas formas de encaje que no ofendan a nadie, sobre el pacto acordado hace treinta años. Constatar las diferencias y llegar a un acuerdo, que permita no solo “conllevancia” sino convivencia.
Y en este sentido, como dice Fradera, ¿por que mantener el tabú del espíritu del federalismo, cuando justamente podría cobijar una secuencia de identidades con múltiples lealtades? Debería plantearse una profundización de un proyecto federal factible en sus distintos ámbitos; en las competencias de Catalunya, en el fortalecimiento de la representación de las autonomías en el Senado, en la articulación de la defensa de los intereses de las CCAA en Europa, etc.
La común humanidad posee la relevancia moral de forjar una lealtad que no elimina la posibilidad de otras lealtades. Sustituir la genealogía teleológica de un poder político español por la interacción como factor explicativo constante.



[1] Fradera, J.M. “La dificultad de describir la nación”, en Fradera y Ucelay-Da Cal (ed.) Noticia nova de Catalunya. CCCB. 2005. Bercelona
[2] Recalde, J. M. “Convivencia ciudadana y sentimiento de identidad”, en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999
[3] De Riquer, citado en Sánchez González, J. “El Estado nacional español y la (in)vertebración de España”, en Ortega y Gasset, José. España Invertebrada. Con un Estudio de España y su idea en la Historia. Edición de “Diálogos con la Luna”. Universidad de Extremadura. Cáceres, 1999

[4] De Riquer, citado en op. cit, y De Riquer, Borja, “El surgimiento de las nuevas identidades contemporáneas: propuestas para una discusión”, en en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999

[5] Fradera, J. M., “El proyecto liberal catalán y los imperativos del doble patriotismo”, en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999
[6] Sánchez González, J. “El Estado nacional español y la (in)vertebración de España”, en Ortega y Gasset, José. España Invertebrada. Con un Estudio de España y su idea en la Historia. Edición de “Diálogos con la Luna”. Universidad de Extremadura. Cáceres, 1999
[7] Fusi Aizpurúa, citado en Sánchez González, op. cit.
[8] Pérez Garzón, “El nacionalismo español en sus orígenes: factores de configuración”, en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999
[9] Pérez Garzón, op. cit.
[10] Sánchez González, op. cit.
[11] También es verdad, sin embargo, que el pensamiento en ambas latitudes tuvo rasgos comunes, quizás a toda la época, como la búsqueda de una especie de “esencia” de las naciones o de las identidades colectivas. Tanto los catalanistas como los castellanos creerán que su nación contiene una esencial natural, producto de la historia, de la geografía, de la antropología…

[12] Tussell, Javier. “España y Cataluña al comienozo de dos siglos”, en El Món de Cambó : permanència i canvi en el seu 125è aniversari ; estudis a càrrec de: Jesús Burgueño ... [et al.] Institut Cambó, Alpha. 2001. Barcelona
[13] De Riquer, Fradera, entre otros autores, plantean esta idea.
[14] Sobre esto, hay comentarios de Javier Tussell y de Enric Ucelay- Da Cal.
[15] Ucelay- Da Cal, Enric, “Describir lo que habría de haber existido, o cómo historiografiar el fracaso particularista catalán a lo largo del siglo XX”, enFradera y Ucelay-Da Cal (ed.) Noticia nova de Catalunya. CCCB. 2005, Bercelona
[16] Recalde, Jose Ramón, op. cit.
[17] Tussell, Javier, op. cit.
[18] Ballbé, Manuel. Soberanía dual y constitución integradora. Ariel. Barcelona, 2003
[19] Ballbé, Manuel, op. cit.
[20] Recalde, y Fradera en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999

[21] Fradera, J. M. “El proyecto liberal catalán y los imperativos del doble patriotismo”, en García A. (ed) España, ¿nación de naciones? Revista Ayer 35. Marcial Pons. Madrid, 1999
[22] Tusell, Javier, op. cit.
[23] Herrero, Miguel, citado en Tusell, Javier, op. cit.
[24] Herrero, Miguel, citado en Tussell, Javier, op. cit.

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